Al terminar su jornada, al atardecer, un rico hombre de negocios japonés se extrañó mucho cuando caminando por la calle pasó frente a un pequeño Dojo de Judo y vio al Sensei tranquilamente sentado en la puerta, con su Judogi plegado y leyendo un libro.
- «¿Hoy no tiene clase?», le preguntó el industrial.
- «Si, pero ya he terminado por hoy», respondió el Sensei.
- «¿Y por qué no imparte más clases, todavía es pronto para cerrar?», insistió el industrial.
- «¿Y qué iba a conseguir con ello?», preguntó a su vez el viejo profesor.
- «Ganaría más dinero», fue la respuesta.
- «De ese modo podría modernizar sus instalaciones. Entonces su escuela sería más famosa y tendría mucha mejor reputación. Entonces ganaría lo suficiente para comprar más tatamis, con lo que tendría más alumnos y más dinero. Pronto ganaría para tener dos escuelas... y hasta una cadena de Dojos dirigidos por usted. Entonces sería rico, como yo».
- «¿Y qué haría entonces?», preguntó de nuevo el Sensei.
- «Podría sentarse y disfrutar de la vida», respondió el industrial.
- «¿Y qué cree usted que estoy haciendo en este momento?», respondió el Sensei satisfecho.
- «¿Hoy no tiene clase?», le preguntó el industrial.
- «Si, pero ya he terminado por hoy», respondió el Sensei.
- «¿Y por qué no imparte más clases, todavía es pronto para cerrar?», insistió el industrial.
- «¿Y qué iba a conseguir con ello?», preguntó a su vez el viejo profesor.
- «Ganaría más dinero», fue la respuesta.
- «De ese modo podría modernizar sus instalaciones. Entonces su escuela sería más famosa y tendría mucha mejor reputación. Entonces ganaría lo suficiente para comprar más tatamis, con lo que tendría más alumnos y más dinero. Pronto ganaría para tener dos escuelas... y hasta una cadena de Dojos dirigidos por usted. Entonces sería rico, como yo».
- «¿Y qué haría entonces?», preguntó de nuevo el Sensei.
- «Podría sentarse y disfrutar de la vida», respondió el industrial.
- «¿Y qué cree usted que estoy haciendo en este momento?», respondió el Sensei satisfecho.